La corta y trágica vida de la genial Jacqueline Du pre, la violoncelista que enamoró a Daniel Baremboim

Jacqueline du Pré
Jacqueline du Pré

"Sin la música, la vida sería un error"
(Friedrich Wilhelm Nietsche, 1844-1900)
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La cara de la desgracia y su pájaro negro, súbitos, deslizaron su veneno una tarde de 1971, cuando Jacqueline Du Pré, una violoncelista milagrosa, sintió que sus dedos perdían sensibilidad y movimiento.

Le costó, además, cerrar el estuche de sus célebres cellos: el Stradivarius de 1673 y el Davidov Stradivarius de 1712.

Ambos, de un millón de libras inglesas cada uno.

Los médicos y sus exámenes no dejaron dudas: esclerosis múltiple.
Jacqueline tenía apenas 26 años, y el diagnóstico fue como si sus celestiales instrumentos fueran destrozados a golpes de martillo.

Su memoria fue hacia atrás…

Nacida en Oxford, Inglaterra, a los veintiséis días de enero de 1945, cuatro meses antes del fin de la Segunda Gran Guerra, y cuando Londres barría las huellas de las bombas nazis con altivez y dignidad después de llorar a sus muertos, oyó por la radio –y por primera vez– un sonido hipnótico. Como de otro mundo. Era, claro, un cello…

Miró a su madre, Iris Greep:
–Quiero uno de esos.
Y lo tuvo. Porque si bien su padre, Derek du Pré, era contador, hombre de números, Iris era una concertista de piano dotada de talento, y ex alumna de la Royal Academy of Music.

Es decir, supo que el pedido de su hija no era un capricho de sus apenas cuatro años. Había determinación…
Y tuvo su primer cello.

El abecé –el dorremí, mejor– fueron las lecciones maternas, acompañadas por pequeñas piezas con ilustraciones compuestas ad hoc.

Un año le bastó. A los cinco la inscribieron en el London Violoncelo School.
En adelante, la vocación infantil empezó a vestirse con las ropas del genio.

A los once años ganó la Guilhermina Suggia: premio cuya renovación le fue concedida, sucesivamente, hasta 1961, y que en 1956 pagó la matrícula en la academia, y las clases privadas.

Londres, fines de 1958. A sus trece años, Jacqueline, precoz y acaso sabia, decide bajar el telón sobre su educación general. Adiós a la escuela…

Por entonces y junto con su hermana Hilary, flautista, se lucen en conciertos para niños y jóvenes, y aparecen por primera vez en la petit pantalla: BBC Television, Concierto Lalo Cello. Un año después, primera medalla de oro: Guildhall School of Music and Drama.

Y muy pronto otro imprimátur: triunfo en el concurso Premio de la reina para menores de treinta años. Por unanimidad. El jurado, presidido por el genial violinista Yehudi Menuhin, que la invita a ejecutar tríos: ella, su hermana, él…

Lo demás y en adelante es la arcilla, el mármol, el cincel de una carrera colosal. Domina Handel, Brahms, Debussy, Falla, Bach, mientras triunfa en Edimburgo, Berlín, París, Nueva York: el límite es el cielo.
Mientras estudia en Rusia con Mstislav Rostropovich, éste se inclina ante ella:
Es la única violoncelista de la generación más joven que podría igualar y superar su cumbre…

La caravana no se detiene. De Israel a Los Ángeles. Más de medio mundo.
Sus instrumentos mágicos siguen siendo los dos cellos Stradivarius (el de 1673 y el de 1712), ambos regalo de su madrina, Ismela Holland. Pero en 1970 –muy poco antes de la catástrofe–, compra uno, moderno, construido por el fabricante de violines, hijo de Filadelfia, Sergio Peresson. Será el último…

Su amistad con los hombres de la pléyade es constante y profunda. Un círculo áureo: Yehudi Menuhin, Itzhak Perlman, Zubin Mehta, Pinchas Zukerman, Daniel Barenboim, que se llaman a sí mismos "la mafia musical judía".

Pero el último conquista el premio mayor: Barenboim-du Pré se casan el 24 de diciembre de 1966. La Guerra de los Seis Días (1967) la obliga a cancelar toda su agenda. Vuela con él a Jerusalén y se convierte al judaísmo.
La industria de la música la declara "la pareja de oro", y muchos de sus trabajos juntos, "algunos de los mejores de su tiempo".

Pero el mal avanza, y sus notas funestas no tienen enmienda sobre el pentagrama…
Última grabación: sonatas de Chopin y Franck.

Silencio absoluto y deterioro profundo a lo largo de dos años.

Pero el espíritu del genio no se rinde ante la miseria del cuerpo.
Ya en fase casi terminal, 1973, Jacqueline va hacia el canto del cisne: gira y últimos conciertos en Londres y Nueva York.

En una entrevista dice:
–Tengo problemas para medir el peso del arco. Abrir el estuche del cello es muy difícil. Casi imposible. Como no tengo sensibilidad en los dedos, debo que coordinar la digitación con la vista.
Pudo actuar solo en tres de sus últimos conciertos. En el cuarto tomó su lugar el deslumbrante Isaac Stern para tocar el Concierto para violín de Felix Mendelsshon
Final.

Sin embargo, aunque en silencio y reclusión absolutos, vivió hasta el 19 de octubre de 1987.
Cerró sus ojos en Londres.
Tenía 42 años.
De ellos, el mundo sólo fue iluminado por doce.

En los últimos y penosos años de su vida, Daniel Barenboim se unió en París con la pianista Yelena Bashkirova, estuvo junto a Jacqueline en el instante de la muerte, y un año después se casó con Yelena. Con ella ya había tenido dos hijos: David en 1983 y Michael en 1985.

El violoncelo Stradivarius Davidov 1712 fue comprado por un millón de libras. Destino: la Fundación Vuitton, que lo prestó al cellista Yo-Yo-Ma. Los otros instrumentos siguieron el mismo camino: prestados a grandes figuras.

Una de las varias estatuas que hay en en mundo en su honor. En este caso en Kensington, Sydney
Una de las varias estatuas que hay en en mundo en su honor. En este caso en Kensington, Sydney

Jacqueline du Pré yace en el cementerio judío de Golders Green, suburbio de Londres.
Fue nombrada Oficial de la Orden del Imperio Británico.
Una rosa con su nombre ganó el Premio al Mérito del Jardín de la Royal Horticultural Society.
Nubes oscuras. Nubes gratuitas. Nubes dolorosas.
Sus hermanos, Hilary y Piers, escribieron el libro Un genio en la familia, adaptado para el cine en 1998 como Hilary and Jackie.

Paso en falso. Tanto en la tinta como en la pantalla, más que a su genio se alude a pequeñas miserias domésticas y sentimentales "para consumo de porteras", como suele decir el lúcido Mario Mactas.

Mejor callar.
Mejor oír sonar sus cuerdas en la penumbra.
Mejor su alma que las banales distracciones humanas de su carne.

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